Media sanción. Aún resta la otra mitad de la liturgia institucional para consagrar jurídicamente un nuevo derecho: el derecho de las mujeres a decidir plenamente sobre su cuerpo, que se enlaza íntimamente con el derecho a no morir en la clandestinidad.

Sin embargo, el 14 de junio de 2018 ya es histórico: se trata del día que marca la revolucionaria entrada de la mujer, en tanto movimiento colectivo, como actor central de la política superestructural (en términos de Marx: el edificio jurídico y político encargado de garantizar la opresión de una clase sobre la otra).

¿Qué? ¿Cómo? ¿Hablamos del mismo país que tuvo una presidenta democráticamente elegida durante ocho años? Si claro, pero Cristina Fernández de Kirchner era el emergente femenino de una generación, de una cultura política y de una cosmovisión que, aunque con matices, construyó sus legitimidades, proyectó sus valores, desplegó sus prácticas y sedimentó su poder desde los mismos cimientos patriarcales. Y si bien la presidenta mandato cumplido hizo más que cualquier otro dirigente político desde el regreso de la democracia para deconstruir el paradigma machocéntrico, fue la misma que obturó el debate por el aborto legal. Moral, ideología o doctrina partidaria. O cálculo. O un poco de todo eso. No importan tanto las razones. El debate permaneció tapado. Y eso marca la diferencia entre el progresismo siglo XX y el feminismo del nuevo siglo.

Aborto legal feminismo como respuesta

¿Será el feminismo el movimiento político capaz de saltear la crisis de representación y aglutinar las demandas de diversos sectores para volver a construir una mayoría sólida y transversal, en un tiempo histórico caracterizado por la volatilidad que garantizan las minorías intensas y excluyentes? ¿Habitarán en el interior del feminismo las respuestas o las preguntas necesarias para evitar el vaciamiento conceptual y filosófico de las sociedades algorítmicas que los banqueros gerencian a través de Facebook e Instagram?

Seguramente estas preguntas son inconducentes y apresuradas, pues están originadas al calor de de la revolución feminista que circula entre nosotres. Pero es indudable que el feminismo y la mujer como colectivos políticos expresan una cosmovisión que excede largamente la problemática del aborto, y también a las categorías televisivas del primetime y a los hashtag de las redes sociales, que son herramientas esenciales para instalar y viralizar pero que resultan insuficientes para abordar la densidad ontológica del feminismo.

Las mujeres, las feministas, lograron sacar a relucir el costado más luminoso del sistema político. El debate que precedió a la media sanción, en comisiones en las últimas semanas y en el recinto el 13/14 de junio, fue impresionante: pasional pero lúcido, ofreció un mosaico heterogéneo de intereses y convicciones en disputa; parecido a una final deportiva, ambos contendientes supieron competir en la instancia definitiva. Fue un partidazo. En el que se impuso el mejor.

Pero lo más importante, el logro más trascendente que lograron las mujeres (aún si el aborto legal se convierte en ley en el Senado) fue revitalizar lo político, entendido como la dimensión ontológica en la que se instituye la sociedad. Completaron con éxito todo el recorrido: el compromiso con una problemática que determina la vida de un colectivo, la organización en torno a ello, la lucha para visibilizar la causa, la lucidez intelectual para otorgarle volumen cualitativo, el coraje para defenderla, la inteligencia para llevarla a los ámbitos correctos, la voluntad de incluir y complejizar los debates. Todo eso durante años. Todo eso, para lograr la media sanción. Y todo eso frente a un adversario enorme, potente, poderoso. El más poderoso. Porque los rivales no fueron los diputados que se opusieron a la legalización del aborto. El rival es omnipresente pero intangible: es un paradigma hegemónico a partir del cual se sedimentan las asimetrías estructurales de la Argentina en las dimensiones social, cultural y económica; se trata de un poder reticular que circula entre las personas y que comenzó a gestarse desde el momento mismo de la colonización de esta parte del mundo; es el paradigma sobre el que se construyó la oposición a la independencia en el siglo XIX y la oposición a la inclusión en la democracia burguesa de los trabajadores en la década del 40; el paradigma a partir del cual se generaron los rechazos a la ley de divorcio en los 80 y al matrimonio igualitario hace algunos años.

El rival al que las mujeres decidieron enfrentar con el feminismo como herramienta política, es ese paradigma que consagra desigualdades, que excluye y que ubica a las mujeres en un rol de partenaire boba (en el mejor de los casos): es la secretaria en los programas de Sofovich, las bailarinas en culo en lo de Tinelli, la Bebota de Olmedo, “la jermu de”, la “pendeja rapidita que usa polleras…cómo querés que no la violen”, la minita histérica o la mujer que debe haber “detrás de un gran hombre”.

A ese rival, que por supuesto tiene nombres propios y tradiciones políticas tan antiguas (y exitosas) que son capaces de presentarse como “el cambio o lo nuevo”, a ese rival enfrentaron las mujeres. Y le ganaron. O casi. Porque todavía falta. Y apenas se trata de una batalla. Pero si ellas pudieron con el aborto, ¿por qué no imaginar que puedan con más? ¿Por qué no imaginarse un país feminista con relaciones de poder simétricas? Si ellas pudieron, ¿por qué no imaginarlas construyendo y desarrollando una nueva matriz, equitativa y solidaria? Las mujeres pueden. Claro que sí. Es hora de que pasen al frente. En serio.


CRÉDITOS

Foto usada en el póster: M.A.F.I.A

Video: Tarde Baby – UN3

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