Casi en el mismo paso de tragicomedia, el presidente Macri tomó dos decisiones que dan cuenta de la radicalización liberal de su gobierno: mientras descartó cualquier posibilidad de discontinuar la baja sostenida y progresiva en las retenciones a la soja, decretó recortarle el salario real a los trabajadores a través de modificaciones en la forma de acceder a las asignaciones familiares y, además, perjudicó a 100 mil chicos de la patagonia (y de algunos lugares del norte) al eliminar el plus por zona desfavorable.

Justo en un agosto que estará atravesado por nuevos aumentos en las tarifas, a esas medidas podría sumarse una que está en estudio y que, otra vez, afecta a ciudadanos vulnerables de la patagonia: el recorte de la zona austral para los jubilados de nuestra región.

Se trata del ajuste permanente como herramienta estratégica para pagar un brutal endeudamiento externo, consecuencia de la miopía geopolítica y la incapacidad de gestión que expresa Cambiemos a diario.

 

El liberalismo explícito de Macri, anacrónico y absoleto, refuerza la visión ontológica que esa corriente política / filosófica / económica tiene y expresa de la Argentina: un país reducido a la zona núcleo y a una matriz esencialmente dependiente de las materias primas.

Ninguno de los postulados liberales que, camuflados entre mentiras, vaguedades y el cotillón duranbarbista, Macri y Cambiemos expresaron en estos largos dos años y medio tuvieron repercusión positiva en las mayoritarias capas de trabajadores de nuestro país. Ni siquiera sobre la clase media aspiracional que lo votó convencida.


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La teoría del derrame, que justifica la baja progresiva en las retenciones, es una falaz persistencia que los liberales argentinos repiten más o menos explícitamente y que la historia se encarga de desmentir.

La llegada al poder de Macri y Cambiemos tiene un mandato histórico marcado a fuego: devolver el poder a su cauce «natural». Se trata de acumular en los sectores y los actores que conforman el bloque de clase dominante de la Argentina. La gestión macroeconómica da cuenta de esa tésis: la fenomenal transferencia de recursos hacia los sectores concentrados de la economía, en detrimento de los trabajadores, es un hecho incontrastable.


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Y en esa mirada ideológica que determina la práctica política, la patagonia es apenas un coto para tipos como Joe Lewis, representante del capital transnacional que especula en nuestro país. Por eso el brutal ajuste de entre 5 y 10 mil millones sobre sus ciudadanos: somos pocos y nuestro peso específico en término electoral es mínimo. Macri, Cambiemos y el liberalismo sólo necesitan la patagonia como prenda de negociación. Así como su gente es un medio prescindible, los recursos naturales de nuestra tierra no representan una herramienta estratégica para proyectar la diversificación de la matriz productiva y fortalecer la soberanía; por el contrario, son concebidos como una mercancía más que los supuestos representantes de los «países serios» sabran usufructuar mejor.

La fragmentación que provocan las medidas y las acciones del presidente Macri no es una consecuencia imprevista. Más bien todo lo contrario: es la síntesis del mandato liberal, el de la semicolonia, el del país reducido a la zona núcleo, obediente y predispuesto, «supermercado del mundo», en el que sobran varios millones de argentinos.

 

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