Boca-River, River-Boca jugarán la final de la Copa Libertadores. Se trata de un hito en la historia argentina. Desconocerlo, minimizarlo o soslayarlo en función de teorías conspiranoicas configura una fuerte incrompresión de nuestro acervo cultural. Desde un enfoque antagónico aunque similar en lo conceptual, ubicar la superfinal en un campo de dramatismo sin matices o pretender que se trata de un asunto de Estado se inscribe en una lógica binaria y reduccionista que también obtura la posibilidad de dimensionarla con perspectiva cultural e histórica.

La constitución de la identidad de millones de argentinas y argentinos está vinculada estrechamente con los clubes de fútbol. Esencialmente desde una filiación que mayormente se ubica encima de los resultados obtenidos por sus equipos de fútbol, pero de los cuales nunca prescinde totalmente. En Argentina los clubes son sociedades civiles sin fines de lucro que, muchas veces, reparan (en parte) asimetrías sociales estructurales. Los lazos de identidad que ligan a les sujetos con sus clubes se fundamentan en el arraigo tiempo-espacial, en la pertenencia colectiva y la apropiación individual. Y en la competencia con el otro, claro.


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Esa matriz se complementa con el show de la industria cultural. El poder reticular que circula entre nosotres sin que nos demos cuenta del todo enviste de una dimensión casi mitológica a los jugadores, a los equipos y a las competencias. El sistema y su lógica mercantilista, se sabe. Pero ese circuito no tendría validez sin lo anterior: el fútbol como parte fundante de nuestra cultura popular; el fútbol como canal de construcción y refuerzo de la propia identidad. Está claro que podemos y debemos debatir sobre la forma en que el sistema asigna legitimidades y recursos simbólicos y materiales. Por hoy, vamos a ubicarla en segundo plano.

Superfinal Boca River
Foto original: Stephan Vanfleteren / Retoque y arte: Gonzalo Santos

IDENTIDAD E INDUSTRIA CULTURAL

Entonces, si sumamos cultura más identidad más industria cultural, resulta al menos poco práctico no admitir la dimensión trascendente de este superclasico en la final del torneo de equipos más importante de nuestro continente.

Y si a todo aquello le sumamos la histórica centralidad de la Argentina en el planeta fútbol, producto de sus éxitos, sus fracasos y de la extraordinaria capacidad de exportar talentos que, de verdad, engrandecieron la historia de este deporte, entonces este River-Boca, Boca-River se constituye en un duelo mundial. Se trata de una serie que concita interés supremo alrededor del mundo por la densidad de los clubes involucrados, por la enorme tradición del torneo y por la pasión con que las argentinas y los argentinos gestionamos nuestra relación con el fútbol. Sin dudas, es el partido de equipos más importante de todos los tiempos.


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Justamente la pasión con que los argentinos tramitamos nuestros asuntos, y especialmente el fútbol, es frecuentemente estigmatizada o enfocada desde reduccionismos y lugares comunes. La verdad es que la pasión es lo que nos diferencia, es un valor agregado admirado en todo el mundo y es el vector sobre el que debemos trabajar para tener una perspectiva más integral, más compleja y más real de nosotres mismes. Es ese el camino para no permitir que la cultura del aguante, la deformación premeditada de la pasión, continúe expandiendo sus lógicas, sus prácticas y termine de vaciar de contenido la relación de las argentinas y los argentinos con el fútbol. Por supuesto que la cultura del aguante tiene nombres propios, experiencias históricas y densidad teórica. Todo eso requiere abordajes específicos a los que no renunciamos pero que claramente exceden los límites de este artículo.

Superfinal Boca River
Foto original: Bob Masters / Retoque y arte: Gonzalo Santos

SUPERFINAL Y OPORTUNIDAD HISTÓRICA

Esta superfinal, entonces, se presenta como una oportunidad histórica para todes. No sólo para las y los hinchas de Boca, de River y para los y las apasionadxs por el fútbol. Es una oportunidad colectiva: en cómo transitemos el camino y en cómo gestionemos el triunfo y la derrota, habita una oportunidad espectacular para demostrar si somos capaces de comenzar a sedimentar una cultura profundamente vinculada con la pasión pero que, además, establezca los mecanismos para que el el éxito y la derrota no sean vectores totalizantes. Más simple: habrá más, muchos más después de la superfinal.

Por eso ambos clubes tienen una responsabilidad enorme. Y una gigantesca oportunidad. En cómo gestionen el triunfo y la derrota radica una buena parte de su futuro. Saber ganar y canalizar el éxito no es sencillo. Y perder una instancia de esta magnitud no necesariamente implica el abismo.

Las identidades y las pasiones se construyen en base a triunfos pero no sólo con ellos. No da lo mismo ganar que perder, está claro. No existen tradiciones futboleras de magnitud y perdurables en el tiempo construidas en base a puros éxitos. Entender eso y saber erigirse como un ganador son tareas tan difíciles como necesarias. Ojalá el fútbol argentino y los argentinos, esta vez, tengamos respuestas que muchas veces nos faltaron. La oportunidad es única: el partido más grande de todos los tiempos.

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