El micro que trasladaba al plantel de Boca Juniors fue atacado salvajamente por ¿hinchas? de River a dos cuadras del estadio Monumental; la policía reprimió a los violentos y el gas lacrimógeno que utilizó afectó directamente al plantel xeneize. Varios jugadores, además, resultaron heridos por las astillas de los vidrios explotados a piedrazos.

La histórica final de la Copa Libertadores fue suspendida pero sólo después de que River y Boca, en una acción conjunta, exigieran la postergación del partido y resistieran, de esa manera, el embate de la CONMEBOL, la FIFA y ¿el Gobierno nacional? para jugar sí o si.

Por segunda vez en dos semanas, el mundo fue testigo de la incapacidad para garantizar el desarrollo de un partido de fútbol. Esta vez, con el agravante de la violencia que puso en riesgo la vida de muchas personas.

Imposible reducir lo que sucedió al ámbito del fútbol. Básicamente porque la organización integral del espectáculo es una tarea multidisciplinaria e interinstitucional que involucra a los clubes, al Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, a la policía federal e incluso al Gobierno nacional. Un dato no menor: hace dos semanas, el presidente Mauricio Macri pidió que estos partidos se jugasen con público visitante porque, según su particular visión, estaban dadas las condiciones para garantizar la seguridad de todxs lxs involucrados en estos importantes juegos. ¿en qué planeta vive el Presidente?

La suspensión por violencia de un partido único, observado masivamente alrededor del mundo, se despliega como una sombra sobre todes. Porque es imposible soslayarlo. Porque nos podemos hacer lxs boludxs cuando sucede en espectáculos deportivos de segundo y tercer orden. ¿Pero cómo no hacernos un millón de preguntas cuando esto sucede en un partido de esta magnitud?

 

Como si se tratase de una pesadilla loopeada que nos hunde en la profundidad de nuestros miedos, la violencia nos sujeta otra vez y nos congela en un estadio en el que no nos reconocemos: no admitimos ser parte de esta sociedad que funciona como almáciga de estos hechos; pretendemos reducir lo sucedido a un grupo de energúmenos o, en el mejor de los casos, al «mundo del fútbol»; nos posicionamos en una dimensión moral(izante) que condena todo y a todxs desde clichés como «vergüenza argentina»; vomitamos reduccionismos desde ideologismos que sólo sirven para congraciarnos con nosotrxs mismxs , en un ejercicio de autosatisfacción narcisista.

 

¿Por qué sucede esto otra vez? La verdad es que pretender certezas en torno a esta situación puntual, y acerca de las violencias en general, sería demasiado pretencioso. Pero sí tenemos algunas pistas: la cultura del aguante naturalizada, sedimentada y legitimada socialmente a través de una industria cultural sólo enfocada en maximizar ganancias; asimetrias estructurales que generan sociedades muy desiguales y violentas; un sistema de justicia injusto, anacrónico e inequitativo que castiga esencialmente a pobres y perejiles.

Se trata, claramente, de un drama argentino. Pero no se trata de un drama exclusivamente argento. ¿El problema es el fútbol? ¿O el quilombo es el sistema de consumo en el que intentamos vivir, que excluye a enormes mayorías y que nos impone una normalidad de competencia extrema con el otro? Una normalidad en la que el show debe continuar a pesar de todo y de todxs. Porque eso es lo que pasó: la CONMEBOL, la FIFA y ¿el Gobierno nacional? hicieron todo lo posible para que el partido se juegue sí o si el sábado en nombre del show. Esa es la certeza de que este drama no es patrimonio exclusivo de lxs argentinxs. Y la voluntad conjunta de los presidentes D´Onofrio y Angelici, que se plantaron ante la decisión de CONMEBOL, es el atisbo de sensatez necesario para comenzar al descular este quilombo.

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