Está claro que la decisión de Cristina no es meramente electoral. La fórmula Fernández Fernández es apenas el póster de una prospectiva cuya densidad seguramente todavía no hemos desculado totalmente. CFK está ofreciendo al peronismo y al campo nacional – popular en general, una mirada estratégica y los lineamientos conceptuales para abordar un cuatrienio que será duro, durísimo. Pesada herencia de verdad. Por eso la expresidenta propone volver al futuro: retomar aquella lógica política compleja, creativa, algo más ambigua y kilométricamente más negociadora que permitió, entre 2003 y 2007, generar las condiciones que le permitieron a la Argentina crecer al 9% con todas y todos adentro, para salir de una crisis similar a la que azota el país en la actualidad. Como afirmó la precandidata a vicepresidenta «se va a tratar de tener que gobernar una Argentina otra vez en ruinas, con un pueblo otra vez empobrecido… Está claro, entonces, que la coalición que gobierne deberá ser más amplia que la que haya ganado las elecciones.»


Es la nochecita de un miércoles de septiembre de 2007 y en la Casa Rosada casi no quedan funcionarios. Comienza a imponerse la tranquilidad luego de otro día de intenso trabajo. En el despacho presidencial, Néstor Kirchner y su jefe de Gabinete, Alberto Fernández, analizan la última encuesta: Cristina se encamina hacia un rotundo triunfo en primera vuelta ante Elisa Carrió.

Casi un mes y medio después se cumplirá el pronóstico que todos los sondeos previos vaticinaban y Cristina se convertirá en la primera mujer electa Presidenta de la Argentina. Pero antes de esa confirmación inapelable, de vuelta en la intimidad de esa liturgia nestorista de construcción de poder, Kirchner y Fernández se esmeran en agregarle complejidad al análisis del sondeo. Pero el resultado que pronostica es tan contundente que durante unos minutos se dejan llevar. Se regodean con el alcance histórico de ese triunfo y encuentran las razones que lo fundamentan: en casi 4 años de gestión el desempleo había bajado del 22% al 8%; la pobreza había caído del 47% al 23%; el salario mínimo se había quintuplicado; el PBI había crecido a una tasa anual cercana al 9%. Empresas insignias recuperadas por el Estado, juicios de lesa humandidad para consolidar la Memoria, la Verdad y la Justicia en torno a la dictadura cívico-militar 1976-83, recomposición de la autoridad presidencial, recuperación de la independencia económica tras la cancelación de las deudas con el Banco Mundial y el FMI. La popularidad de Néstor rondaba los 70 puntos.

Fue un instante perfecto. Un breve momento de hedonismo y calma ante la infernal dinámica de rosca, gestión, micropolítica y superestructura que determinaba la rutina de Kirchner desde hacía al menos dos décadas (en 1987 había llegado a su primer cargo electivo: intendente de Río Gallegos). Eran los momentos previos a la grieta. El triunfo de CFK en primera vuelta, la 125, la ruptura con Clarín, la caída de Lehman Brothers y la crisis subprime todavía eran nada, pero estaban a la vuelta de la esquina. Uno tras otro, esos hitos se encadenaron como una cordillera que separó dos tiempos históricos; una cordillera que dejó de un lado al mejor gobierno que tuvo nuestro país desde el regreso de la democracia, y del otro al naciente kirchnerismo, la facción del peronismo que tuvo que afrontar la inconmensurable tarea histórica de disputar, ante el poder real, un pedazo de la torta que ellos ya no estaban dispuestos a negociar porque hacía casi 60 años que la tenían asegurada. De ahí la grieta.

Fernández Fernández

Aquel instante de 2007 entre Néstor y Alberto parece detenido en el tiempo como una síntesis. Representantes de una generación que había sido diezmada de forma lacerante, se habían hecho cargo de conducir el país un segundo antes de su desintegración. Habían superado una fenomenal crisis social, económica, política y habían cumplido su promesa de campaña sin dejar las convicciones en la puerta de la Casa Rosada: hacer del nuestro un país serio, con inclusión y en vías de desarrollo. Habían emergido como expresión de un tiempo histórico en el que el sistema de representación estaba estrujado y deslegitimado, y habían logrado recomponer la credibilidad institucional del Presidente de la Nación. Habían tomado el control de un Estado desguazado por la astucia neoliberal y lograron reconfigurarlo como reparador de asimetrías y garante de equidad en las relaciones sociales y económicas.

Aquel instante expresa un lugar al que volver. Y si bien las condiciones geopolíticas y la situación económica-financiera global que lo permitieron ya no existen (commodities por las nubes en un contexto global sin guerra comercial entre las potencias, por ejemplo), aquellas coordenadas políticas de construcción, acumulación y gestión parecen ser los vectores en torno a los cuales generar el gobierno que, 12 años después, necesita la Argentina para salir de la encrucijada en la que el neoliberalismo lo encerró otra vez.

La decisión que tomó Cristina parece inscribirse en esos parámetros. Su renunciamiento al cargo institucional más importante es una declaración viral de su voluntad de terminar con la grieta: «necesitamos a alguien que una y no que divida», dijo Alberto que le dijo CFK. La designación de A. Fernández es, ni más ni menos, que el reconocimiento de los errores de acumulación política que ella protagonizó en el cuatrienio 2011-2015 y, al mismo tiempo, es la expresión de la necesidad de recuperar el nestorismo entendido como esa lógica política compleja, creativa, algo más ambigua y kilométricamente más negociadora de construir poder. ¿Y quién mejor que el antiguo Jefe de Gabinete de Néstor para interpretar el rol institucional más importante? ¿Quién mejor para recomponer el entramado político que garantizó los triunfos de 2007 y 2011?

La elección de Alferdez es un gesto de conciliación hacia el interior del peronismo (Massa, ¡teléfono!) y de moderación para Donald Trump. Por eso troskos y progresistas 2.0 se encargaron de viralizar memes del estilo «Alberto al Gobierno, Christine (Lagarde) al poder.» Lamentablemente para ellos, la política es el arte de lo posible; en determinadas circunstancias (esta es una de ellas) es la imposición de lo posible sobre lo óptimo. Es correlación de fuerzas. Está claro que a muchos de nosotres no nos disgusta la idea de ganar con un programa que declare ilegal la deuda contraída por Macri y su runfla. Pero la realidad indica que un destino venezolano espera a cualquier nación de Sudamérica que, en la tensión geopolítica actual, se ponga un saco jacobino.

En ese sentido, la decisión estratégica de Cristina se inscribe en la responsabilidad histórica del peronismo, el único partido que fue capaz de transformar favorablemente las condiciones materiales de existencia de las mayorías. Así lo subrayó la expresidenta en el video que anunció la oferta electoral Fernández – Fernández: «El apabullante e innecesario, endeudamiento del país, empieza a mostrar en este presente los primeros síntomas de una realidad que será muy difícil de revertir… Sobre todo si anteponemos los nombres y las ubicaciones personales al desafío de contruir una coalición electoral no sólo capaz de resultar triunfante en las próximas elecciones, sino también que aquello por lo que se convoca a la sociedad pueda ser cumplido. Y esta última cuestión no es menor. Es un principio fundamental entonces, evitar sumar a la frustración actual producto de la estafa electoral que facilitó la llegada de Mauricio Macri al poder, una nueva frustración que, no tengo dudas, sumergiría a la Argentina en el peor de los infiernos.»


ARTÍCULO RELACIONADO > CRISTINA, LOS CIUDADANOS Y EL TIEMPO HISTÓRICO


Está claro que no es posible volver al 2007 directamente desde 2019. Ya quedaron expuestas las notables diferencias económicas, financieras y geopolíticas. Pero Cristina, que enhebró una jugada política de una lucidez extraordinaria, sabe que el temperamento y la claridad conceptual que la hora exige para construir el camino de retorno al 2007, son los mismos que ella sintetizó en un pasaje de Sinceramente, su best seller:

«Tuvimos una discusión fuerte vinculada a la alianza electoral con Duhalde para enfrentar a Carlos Menem en las elecciones presidenciales en 2003. Yo no quería; insistía en que era una losa que no íbamos a poder levantar. Sin embargo, Néstor estaba convencido de que era una alianza necesaria. Él (Néstor) trabajaba en todos los frentes para convencerme, también en el familiar. Muchos años después Máximo me contó que un día, en Río Gallegos, su padre lo había invitado a dar una vuelta: acompañame a ver unas obras», le pidió.

«Cuando se subieron al auto, (Máximo) con Néstor al volante, él preguntó:’¿Vos creés que los milicos tienen que ir presos por todo lo que hicieron?’. Máximo le contestó que sí, que obvio, y entonces le hizo otra pregunta: ‘¿Vos creés que este país necesita terminar con el tema de la deuda externa crónica y tener otra política económica, que genere trabajo?’. Máximo le volvió a contestar que sí, que claro, y Néstor le dijo: ‘Bueno, entonces ayudame a convencer a tu vieja porque tenemos que cerrar con Duhalde. Si no, no ganamos'».

Está claro que la decisión de Cristina no es meramente electoral. La fórmula es apenas el póster de una prospectiva cuya densidad seguramente todavía no desculamos totalmente. No se trata sólo de ganar una elección. CFK está ofreciendo al peronismo y al campo nacional – popular en general, una mirada estratégica y los lineamientos conceptuales para abordar un cuatrienio que será duro, durísimo. Pesada herencia de verdad. Por eso la expresidenta propone volver al futuro: retomar aquella lógica política compleja, creativa, algo más ambigua y kilométricamente más negociadora que permitió, entre 2003 y 2007, generar las condiciones que le permitieron a la Argentina crecer al 9% con todas y todos adentro, para salir de una crisis similar a la que azota el país en la actualidad. Como afirmó la precandidata a vicepresidenta «se va a tratar de tener que gobernar una Argentina otra vez en ruinas, con un pueblo otra vez empobrecido… Está claro, entonces, que la coalición que gobierne deberá ser más amplia que la que haya ganado las elecciones.»

 

Previous ELECCIÓN EN VIEDMA: ¿HACIA LA POLARIZACIÓN?
Next EL FALLIDO LARRABURU