Axel Kicillof ha demostrado estar transitando la autopista hacia la consolidación de un político integral, capaz de construir y desplegar legitimidad propia; de generar un discurso público inclusivo y fácilmente asimilable; de abordar y alimentar la relación de par con dirigentes de diferentes extracciones y especificidades. Del ministro de perfil académico, de largas exposiciones super argumentadas y de relación casi bélica con las corporaciones (en otro artículo analizamos las razones) a este Kicillof con vocación de conducción transversal que refina su capacidad de identificar y caracterizar al adversario. A esa evolución, completada en menos de cuatro años -casi como una carrera universitaria meteórica, le falta la tesis: la edificación de un vínculo político robusto, dialéctico, de carácter win-win con los intendentes peronistas. Si lo logra, podría estar abriendo una puerta enorme hacia los próximos 20 años del peronismo.


Axel Kicillof se sube a la tarima pero habla desde el llano. Sus presentaciones en el interior de la provincia de Buenos Aires, allí donde se habían conformado focos fuertemente refractarios al kirchnerismo, se convierten en verdaderos diálogos colectivos.

Las encuestas suelen reflejar que Kicillof es el único dirigente que retiene casi la totalidad de los votos de Cristina. Esa certeza estadística cobra sentido holístico cuando mezcla con el volumen de información política y sociológica que habita en los actos del exministro de economía. Esos diálogos colectivos que multiplica en territorio bonaerense están atravesados por similar energía, casi la misma, que es marca registrada de las presentaciones públicas de la expresidente.

Existe, por supuesto, una estructura vertical: hay alguien que desde una tarima expresa el mensaje articulador, el hilo conceptual que ordena el encuentro. Pero hay también flexibilidad y cercanía. Kicillof toma los mates que le convidan lxs vecinxs más cercanos a la tarima y no pocas veces introduce en su discurso las ideas, los conceptos e incluso los chistes que surgen desde el público. No es un estado asambleario. Se trata de un diálogo colectivo. La legitimidad del emisor primario es innegable. Hay depositada en él una enorme confianza: las vecinas y los vecinos parecen haber encontrado en él a una persona «común» (el Clio, el mate, la ropa, la austeridad etc etc) pero capacitada para afrontar responsabilidades extraordinarias.


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Pero Kicillof entiende perfectamente que las minorías intensas y movilizadas no son sinónimo de triunfo. Casi que lo contrario. Probablemente, la naturaleza de su road movie por el interior bonaerense se inscribe en la necesidad de construir una nueva legitimidad autónoma (la suya) que amplíe los límites que comprimieron la experiencia política 2011-2017. Por eso insiste con el concepto unidad, que es un mensaje a la interna; y por eso persiste en interpelar en ese sentido a lxs vecinxs: «es necesario hablar con todos, no solamente con los que piensan como nosotros; quienes votaron a Macri no son enemigos, no son tontos; son vecinos y vecinas que creyeron de buena fe un discurso que fue planificado científicamente para engañar. Muchos fueron víctimas de una estafa electoral».

Hay una voluntad de expandir discurso y práctica. Kicillof no es La Cámpora, que es una de las organizaciones políticas más importantes del peronismo, cuya función principal ha sido, hasta aquí, defender la legitimidad de Cristina (en diversos ámbitos y territorios, muchas veces con éxito). En esa funcionalidad (muy importante, por cierto) está implícito un límite hasta ahora infranqueable: no han surgido nuevas legitimidades, dirigentes con peso propio que puedan tomar la posta de la conducción o, al menos, capaces de ocupar los lugares institucionales de mayor peso (presidente). Quizás por eso, en 2015, el candidato fue «el proyecto».

Ya no hay más espacio histórico para candidaturas tácitas. Asumir el desafío Buenos Aires parece inscribirse en esa certeza conceptual.

Se trata de un Kicillof en expansión. No hay ideologismos que tabiquen la construcción, los ejes de acumulación ni los fundamentals de un potencial programa de gobierno. El pensamiento lateral y la flexibilidad son atributos que mezclan perfecto con su formación académica y la profunda convicción que determina su naturaleza política. Convicción que, parafraseando a Néstor Kirchner, no quedará colgada en la puerta de la Gobernación de calle 6.

Así como aboga por la unidad, y le pide a lxs vecinxs convencidos que dialoguen especialmente con aquellos que en 2015 votaron a Macri, Kicillof recorre los territorios con la asesoría de, entre otros, Carlo «Cuto» Moreno y Carlos «Carli» Blanco. Cuto es un dirigente histórico, nestorista y PJ con base territorial; Carli tiene una larga relación con Kicillof desde la época de militancia universitaria, fue secretario de Relaciones Económicas Internacionales de la Cancillería durante la presidencia de Cristina y actualmente es docente-investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Es decir que la amplitud que enhebra su discurso público parece que también ordena la práctica.

Kicillof peronista
Arte: Gonzalo Santos

Entre los principales activos políticos, Kicillof cuenta con esa intensa relación de cercanía con lxs vecinxs; su innegable capacidad técnica y la evidente voluntad política de construir poder. Dato no menor: a pesar del esfuerzo que una parte de los medios dominantes invirtió en ligarlo a algún hecho de corrupción, no lograron enchastrarlo. En un tiempo histórico atravesado por las fake news, la manipulación a escala big data y el Law Fare, la honestidad del exministro es una verdad sedimentada como sentido común, aún entre quienes odian fuerte todo lo que tenga olor a kirchnerismo. Tremendo capital político.

Kicillof ha demostrado estar transitando la autopista hacia la consolidación de un político integral, capaz de construir y desplegar legitimidad propia; de generar un discurso público inclusivo y fácilmente asimilable; de abordar y alimentar la relación de par con dirigentes de diferentes extracciones y especificidades. Del ministro de perfil académico, de largas exposiciones super argumentadas y de relación casi bélica con las corporaciones (en otro artículo analizamos las razones) a este Kicillof con vocación de conducción transversal que refina su capacidad de identificar y caracterizar al adversario.

Aquella evolución, completada en menos de cuatro años -casi como una carrera universitaria meteórica, le falta la tesis: la edificación de un vínculo político robusto, dialéctico, de carácter win-win con los intendentes peronistas. Si lo logra, podría estar abriendo una puerta enorme hacia los próximos 20 años del peronismo.

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