Miguel Ángel Pichetto, el político profesional que se convirtió en actor vitalicio de la superestructura política argentina, se reservó el sentimiento para el final de su carrera. Viéndolos ahí, a él y a Macri bajo las luminarias, cruzando miradas de ojos brillosos y elogios, arropados por el aplauso sentido de los integrantes de la coalición de gobierno más antiperonista de los «últimos 70 años», es posible asegurar que Miguel Ángel, finalmente, encontró el amor y su lugar en el mundo.


Miguel Pichetto parece haber encontrado su lugar en el mundo. El rictus de su cara, el tono de voz, su lenguaje corporal dan cuenta de un hombre satisfecho. Extremadamente satisfecho. Casi ¿feliz?

«Señor Presidente»; «el Presidente de la Nación»; «Presidente Macri». En el inicio de cada frase, Pichetto distingue maquinalmente la jerarquía de Mauricio Macri. La obsecuencia o sumisión es total mientras su discurso fluye en un ambiente que parece disfrutar: no hay bombos ni militantes de base porque le habla a una selecta platea compuesta por los funcionarios/empresarios que desde hace 3 años y medio aplican un plan de ajuste permanente sobre los trabajadores. Se trata del «Primer Encuentro Nacional de Juntos por el Cambio» realizado en Parque Norte, en el acomodado barrio de Nuñez, CABA. Lo aplauden, claro que si, 4000 dirigentes cambiemitas.

LIBERADO

El senador parece liberado y se desliza entre los ejes discursivos craneados por Marcos Peña y Jaime Durán Barba con la naturalidad de aquel que está convencido. Pichetto parece no forzar su explícito discurso de derecha que muchas veces limita peligrosamente con la xenofobia, la intolerancia y la persecución política. Ante miles de dirigentes de una coalición de gobierno cuya fundamento conceptual es el antiperonismo, volvió a subrayar la formación marxista de Axel Kicillof y, nuevamente, expuso un autoritarismo normativo extremadamente peligroso: sostuvo que el clivaje de la próxima elección es democracia, supuestamente representada por Macri, o el autoritarismo que expresaría el Frente Todos.

 

Esa construcción conceptual que Pichetto no tiene empacho en explicar cada vez que tiene un micrófono a mano, es la base del poder capilar de Macri y su verdadera capacidad normativa: establecer los límites que separan lo «normal» de lo que no lo es, lo deseado de lo indeseado. El senador utiliza con eficiencia esa herramienta que ubica a los pocos que ejercen una oposición real fuera del límite de lo «normal», de lo deseado.


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Ese aparato de normalización no es unidimensional: no sólo opera sobre los actores que conforman los sistemas políticos; por el contrario, la influencia que ejerce sobre los ciudadanos afectados por esa una red compuesta por medios de comunicación tradicionales, redes y educación formal es una pistola en la sien de la democracia.

Pichetto, entonces, se pone al servicio de un sistema de normalización totalitario en el marco de una coalición profundamente gorila. Por eso los aplauden así: con el decoro formal de los señores y señoras que se reúnen en Parque Norte, pero con el desenfreno interno de aquellos que en sus tripas sienten el antiperonismo.

Por eso, quizás, Macri no puede dejar de esbozar una media sonrisa mientras presta oídos a la alocución: hay una suerte de satisfacción cuando escucha a Pichetto correrlo por derecha con un republicanismo hiperbólico. Vaya paradoja: el senador solía ser el ejemplo distópico que el Presidente solía usar para sintetizar «la vieja política» o todo lo que Cambiemos no quería ser.

Macri Pichetto

Las contradicciones siguen: Pichetto se encarga de explicar una y otra vez que el kirchnerismo expresa una opción antidemocrática, antisistema; pero el rionegrino fue parte central del andamiaje institucional de los 12 años de gobierno kirchnerista, cuando el Congreso nacional parió leyes que crearon o ampliaron derechos sostenidas en consensos transversales que excedieron largamente a la facción liderada por Néstor y Cristina. Muchos de aquellos años, especialmente entre 2009 y 2012, fueron los más lúcidos y fructíferos en términos de debate democrático. Pichetto miente o se hace el tonto porque, siguiendo su lógica, él mismo debería incluirse como un actor central para la consolidación de un gobierno que fue antidemocrático.

EL AMOR

Pero hay algo claro: el extremismo de derecha de Pichetto no es fake. No es una exageración. Todo lo contrario: constituye el fundamento filosófico de su pensamiento y de su práctica política. Por eso, la rigidez orgánica que ordenó su vida partidaria y la total subordinación a los gobiernos kirchneristas, dos características de lasque siempre se jactó, ahora que pueden ponerse en perspectiva quedan expuestas como meras herramientas para construir o ampliar poder. No hubo convicción ideológica, no fue necesaria tampoco. Tampoco hubo entrega por alguna causa ni épica.

Pichetto, el político profesional que se convirtió en actor vitalicio de la superestructura política argentina, se reservó el sentimiento para el final de su carrera. Viéndolos ahí, a él y a Macri bajo las luminarias, cruzando miradas de ojos brillosos y elogios, arropados por el aplauso sentido de los integrantes de la coalición de gobierno más antiperonista de los «últimos 70 años», es posible asegurar que Miguel Ángel, finalmente, encontró el amor y su lugar en el mundo.

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