Pichetto será expulsado y con su salida se diluye una corriente interna cuyos fundamentos ideológicos son incompatibles no sólo con los expresados por la conducción partidaria y la amplia mayoría de los afiliados, sino que contradicen el mandato histórico del movimiento fundado por Juan Domingo Perón


Antes de fin de este año, el partido Justicialista de Río Negro realizará un Congreso en el que se aplicarán sanciones disciplinarias a varios dirigentes. “No está mal que un #peronista critique a otro peronista. El problema es cuando te pasás al otro bando. Pichetto se pasó a las antípodas de nuestra boleta”, explicó Martín Soria, presidente del PJ.

De esa manera el intendente de General Roca anticipa un movimiento institucional del justicialismo rionegrino que modificará sustancialmente su fisonomía política.

Pichetto será expulsado y con su salida se diluye una corriente interna cuyos fundamentos ideológicos son incompatibles no sólo con los expresados por la conducción partidaria y la amplia mayoría de los afiliados, sino que contradicen el mandato histórico del movimiento fundado por Juan Domingo Perón: cuando el actual Senador aceptó ser candidato en una coalición política cuyo objetivo ontológico es la reducción del peronismo a una expresión funcional al poder financiero y al bloque de clase dominante, cruzó un límite que no tiene retorno. Cuando juró lealtad a un Presidente que llegó al poder para expulsar de la disputa por el poder al peronismo, Pichetto rompió para siempre la tolerancia partidaria que, con un institucionalismo poco reconocido, había sostenido Soria.


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Además, la expulsión de Pichetto persigue el objetivo de reencuadrar, en términos históricos, la práctica política hacia el interior del partido y para con el resto del sistema político. En los últimos años Pichetto hizo un culto a la ambigüedad y el cálculo exacerbado, en detrimento de intereses colectivos. Ese enfoque individualista y desapegado de límites ideológicos quedó en evidencia con su salto hacia el macrismo, una coalición política reaccionaria y profundamente antiperonista. Y al mismo tiempo puso luz sobre la conducta del Senador y sus seguidores en la última elección provincial: tener al adversario camuflado en las filas propias es insostenible.

El daño causado por el «pichettismo» es enorme. No solo porque filosóficamente es antagónico a la propuesta del peronismo a nivel nacional para abordar la nueva crisis que generó el neoliberalismo, sino porque se trata de una corriente interna perdedora, muy perdedora, que no ha dudado en ser funcional a los adversarios políticos.


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No hay dudas: Pichetto será expulsado del Justicialismo. Se convertirá, formalmente, en un desclasado sin territorio, sin palacio, sin partido, sin votos. Sin gloria. ¿Pero con pena? Esa es la duda. Porque Pichetto, ese político profesional que se convirtió en actor vitalicio de la superestructura política argentina, parece haberse reservado el sentimiento para el final de su carrera. Viéndolo a él y a Macri en cada acto que compartieron hasta el 10 de agosto, bajo las luminarias, cruzando miradas de ojos brillosos y elogios, arropados por el aplauso sentido de los integrantes de la coalición de gobierno más antiperonista de los “últimos 70 años”, era posible asumir que Miguel Ángel estaba contento. Feliz. Radiante. Podía asumirse que, finalmente, había encontrado el amor y su lugar en el mundo. Quizás, entonces, pueda salir del clóset y confesar lo que nunca pudo: el peronismo fue, para él, una simple herramienta para construir poder. El suyo.

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