Está claro: una plaza de Mayo llena envalentona a cualquiera…incluso a un hombre que viene de ser derrotado por 3.797.024‬ votos. Por eso, cuando Mauricio Macri salió a saludar a una multitud de porteños que vociferaban consignas que iban desde tilinguerías y odio de -falsa- clase hasta el vacío «Sí, se puede», expió a los gritos la pesada angustia que lo corroe desde la noche del domingo 11 de agosto.


Ese día Macri sintió, seguramente por primera vez, la impotencia de no poder controlar ninguna de las variables que determinaban su destino. El Pueblo le estaba dando una paliza y el empresario megamillonario no podía creer cómo, esta vez, no podía ordenar ni mandar ni cambiar ni engañar. Por primera vez, Macri sentía lo que siente todos los días cualquier jefe o jefa de familia cuando no puede parar la olla, o cuando tiene que negarle un regalo a un hijo porque no le alcanza; o lo mismo que siente una piba que no puede ir a la escuela porque no tiene ni para el colectivo y/o las fotocopias; lo mismo que un abuelo siente cuando no puede pagar los medicamentos; lo mismo que siente cualquiera de nosotrxs cuando se nos hace imposible afrontar las facturas de los servicios o cuando ir al supermercado es una odisea que, nunca, tiene final feliz.

Angustia.

Esa noche del 11 de agosto, Macri sintió la angustia del patrón. Y enseguida el enojo. Por eso, un día después, nos castigó a los argentinos con una devaluación atroz que erosiona nuestro poder adquisitivo. Nos cagó a pedos por votar como votamos y, como un patrón violento, nos cagó a palos dejando avanzar la corrida contra el peso.

Por eso hoy, casi dos semanas después de la PASO, Macri salió al balcón y desde ahí arriba vomitó algunas consignas; vociferó expresiones de deseos; gritó un par de mentiras. Se descargó. Expió la bronca acumulada. Ensayó una de sus conocidas puestas en escena, avisando vía Instagram que había «escuchado» y que había que construir una Argentina «sin robo».

Y después se persignó. Y levantó los brazos con la punta de los dedos hacia arriba y la mirada perdida en el cielo. Como buscando algo que en la tierra no puede tener o encontrar. Y finalizó juntando las manos sobre el pecho, en gesto de oración, para corroborar que estaba pidiendo, o seguramente exigiendo, como lo hacen los patrones, un milagro.

Un milagro.

Eso es lo que necesita Macri. Y ni siquiera con eso alcanzaría.

Porque la única verdad es la realidad. Y los números que el Pueblo le puso a su desazón y a su esperanza fueron demoledores. Y aunque Macri sea la expresión política más cristalina y potente que la derecha y el bloque de clase dominante haya construido desde el regreso de la democracia, esa minoría que se expresa con furia en grandes centros urbanos como CABA y Córdoba, no alcanzará ni siquiera para hacer competitiva la elección general del 27 de octubre.

Macri Plaza de Mayo

Vamos a sostener nuestro argumentos con números y proyecciones aritméticas.

Si Alberto Fernández no pierde votos, es casi imposible llegar a un balotaje. Tendría que darse una combinación de factores muy improbable para que esto suceda sin que el ex jefe de Gabinete kirchnerista ceda sufragios. Por ejemplo, participación récord, pocos votos en blanco y que la mayoría de los nuevos electores voten por Macri.

Suponiendo que, como mínimo, la participación llega a los niveles de 2015 (81,07%), eso implicaría 1.725.694 de votantes más, ya que en las PASO fue a las urnas el 75,78% del padrón, compuesto por 32.621.816 ciudadanos. Si se mantienen los 758.955 votos en blanco (suelen bajar), los nulos y los impugnados, los 11.622.020 sufragios del Frente de Todos serían el 45,83%. Es decir, victoria en primera vuelta. Si los sobres vacíos bajan a la mitad como ocurrió en 2015 (serían 379.477), esto beneficiaría a Alberto, que obtendría un 46,54%. Pero esta cuenta es bajo la premisa de que ninguno de los 1.725.694 nuevos votantes elegirían a Fernández ni que alguien que votó a otro candidato en las PASO ahora lo hiciera por el ex jefe de Gabinete de Néstor Kirchner. Algo demasiado improbable.


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En las últimas presidenciales hubo 2.026.304 más de electores entre agosto y octubre. Y Mauricio Macri, entre estos y los votos que migraron de Sergio Massa, sumó 1.809.789. Scioli, en cambio, mejoró su performance en solo 617.743 sufragios. En ese entonces, esto significó que el candidato del Frente para la Victoria, en porcentaje, bajara del 38,67% al 37,08% y que el postulante de Cambiemos subiera del 30,11% al 34,15%.

Si bien este aumento en cantidad de votos permitiría a Juntos por el Cambio aferrarse a la posibilidad de un batacazo, hay dos diferencias sustanciales con el actual panorama. Primero, la contundente diferencia. En 2015 era de 8 puntos y ahora de casi 16. Y, segundo, la unidad del peronismo. En esta ocasión no está Massa jugando por su cuenta –obtuvo 20,57% en las PASO 2015- y la presencia de Lavagna con su 8% no mueve demasiado el amperímetro.

Y nuevamente vuelve el dato clave: hasta Scioli, que en ese momento se suponía que había llegado a tu techo en las Primarias, obtuvo 617.743 más votos en octubre. Nada hace pensar que Alberto no amplíe su caudal y mucho menos que todos los nuevos votantes opten por Macri.


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En rigor, para llegar al balotaje, la diferencia entre Fernández y Macri debería ser menos de 10 puntos y que Alberto no alcance el 45%. Es decir, 44,99% contra 35%. Tomando como referencia el escenario de 2015 (suba de participación al 81,07% y disminución de votos en blanco a la mitad) se confirma el panorama adverso para Juntos por el Cambio.

El 81,07% del padrón son 26.448.872 electores. En las PASO hubo 758.955 votos en blanco por lo que, si bajan a la mitad, serían 379.477. Y hubo 300.019 nulos y 35.707, que suelen disminuir levemente. Es decir que la base sobre la que se calcularían los porcentajes sería de, aproximadamente, 24.974.714 votos ya que los sobres en blanco y los nulos no se tienen en cuenta.

Con estos números, los 11.622.020 votos de Alberto significarían un 46,54% y los 7.824.996 de Macri un 31,33%. Sería victoria en primera vuelta para el Frente de Todos. Esto quiere decir que el candidato kirchnerista debería perder 385.897 votos para bajar a los 11.236.123, que representan el 44,99%. Complementariamente, el postulante del Gobierno tendría que ganar 916.153 sufragios para alcanzar los 8.741.149, que serían el 35 por ciento.

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