El proceso de cara a las elecciones legislativas nacionales de este año, en el que Río Negro debe renovar dos lugares en la Cámara de Diputados de la Nación, expone la inconsistencia del mito fundante de Juntos Somos Río Negro y también la opacidad del partido de Gobierno en torno a la gerencia del dinero público.


Tanto el discurso provincialista que constituye la piedra basal de la identidad verde; como la administración de los recursos del Estado que desde hace una década ejerce casi sin ningún tipo de control por parte de los otros poderes, quedaron muy expuestos en apenas el comienzo de un trayecto que se presenta erosionado.

Para ilustrar esta tesis es apropiado analizar dos recortes del diario Río Negro, el medio (y actor económico) más influyente de la vida pública en la provincia.

EL ESTADO Y EL PARTIDO

El 7 de febrero pasado, Adrián Pecollo afirmó que «la cumbre de la mandataria y el presidente de JSRN será en los próximos días (…) ‘El Gobierno debe formar parte de la estrategia’, es el objetivo partidario. Tiene un solo significado: el aparato estatal -con actores y fondos- debe involucrarse. Carreras caerá, otra vez, en el dilema de ese uso proselitista».

Este tipo de afirmaciones se vienen replicando en los últimos meses en varios medios de la provincia. Sin ponerse colorados admiten lo que configura una de las peores infracciones al contrato social entre representantes y representados, además de un delito tipificado en el Código Penal: ni más ni menos que la utilización del dinero público para fines partidarios, además de la conversión (mediante coacción) de los trabajadores del Estado en militantes de la causa verde.

Cuando Pecollo y otres comunicadores afirman, para graficar la práctica, el discurso privado y la voluntad del oficialismo, que «el aparato estatal, con actores y fondos, debe involucrarse» en la campaña, están admitiendo implícitamente la corrupción estructural en torno a la cual se organizan el partido de Weretilneck y el Gobierno de Carreras.

Una aclaración necesaria: este análisis no le asigna al periodista Pecollo NINGUNA RELACIÓN DELICTIVA O INTENCIÓN DE LEGITIMAR los hechos o declaraciones que describe y/o analiza.

OPACIDAD

Por supuesto que para aquellos que trajinan los territorios esto no representa ninguna novedad: el «clientelismo«, entendido como la utilización de las necesidades de ciudadanos y ciudadanas por parte de los administradores del Estado, la prebenda y la coacción son una constante que, en los procesos electorales, adquiere una textura kafkiana.

Lo que sí resulta llamativo es la naturalización de ese tipo de prácticas reñidas con el Código Penal. Y peor aún: la legitimación de una perspectiva que ubica al Estado como un coto de un grupo de dirigentes eternizados en el poder. Lo que le agrega un tono desopilante al asunto es que muchos de aquellos que actúan como legitimadores, tanto periodistas como ciudadanos, ejercen una doble vara que se da de bruces con el sentido común.

NEGOCIACIÓN

Queda claro, según cuentan en el diario Río Negro, que uno de los puntos a definir por la plana mayor de JSRN es cómo van a utilizar los recursos que generan rionegrinos y rionegrinas para hacer la campaña.

Es muy interesante, en ese sentido, prestarle atención a la última frase de Pecollo en el párrafo citado inicialmente: «Carreras caerá, otra vez, en el dilema de ese uso proselitista».

Entonces, si la trama política verde está atravesada por la tensión entre W y Arabela; y si el Estado suele ponerse al servicio del partido durante los procesos electorales (como afirma el gran diario de nuestra provincia), es racional entender que ese «dilema» al que alude el periodista es, en realidad, el único enfoque posible para que la Gobernadora pueda negociar con el Senador su participación en el proceso electoral. «La lapicera para firmar y liberar recursos es mía, por la tanto, también quiero decidir», podría plantear la barilochense. ¿Sobre qué factores querría decidir? Sobre candidaturas, claro, y sobre su visibilidad durante el proceso.


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No parece haber entre W y Arabela un antagonismo ético o una discrepancia irreconciliable sobre la gerencia de los recursos públicos. Todo parece reducirse a la misma disputa que desde hace 15 meses condiciona a un Gobierno que gobierna mal.

Ni el discurso oficial sostenido en la enorme inversión publicitaria que el Gobierno hace en redes sociales, ni el atávico paraoficialismo ejercido por la mayoría del sistema de medios tradicionales de la provincia (coronado, claro, por otra tonelada de billetes), han podido esconder las rispideces que de manera hegemónica tiñen la relación entre Weretilneck, CEO exclusivo de la central de poder del universo verde; y Carreras, gobernadora de papel desprovista de la autoridad y la legitimidad interna necesarias para conducir cualquier gobierno en cualquier parte del mundo.

EL PROVINCIALISMO

El otro vector que encorseta a las huestes verdes de cara al desafío electoral, es la filosofía política antagonista que domina el clima político de época. La Grieta, como la definió en términos reduccionistas el Grupo Clarín.

El modo en el que se agrupan las facciones y se abordan conceptualmente las tensiones constitutivas de lo político a nivel nacional, deja un espacio muy reducido, casi inexistente, para planteos «tercerposicionistas» (perdón Juan Domingo), por decirlo de algún modo.

Sin embargo, la polarización (en el caso argento, peronismo-kirchnerismo vs. macrismo) que se devora al electorado y que representa para los oficialismos provinciales una valla difícil de saltar, no es precisamente un fenómeno nacional. Al contrario, se trata de un proceso global. Entenderlo es menester para comprender la dimensión de la encrucijada que atraviesa JSRN; y para poner el foco sobre la insustancialidad del mito fundante del JSRN: el «provincialismo».

ES EL ALGORITMO, IDIOTA

En las sociedades algorítmicas como la nuestra (Río Negro no es la excepción) la información circula de forma reticular (en términos del sociólogo francés Michel Foucault) a la velocidad de la luz y en un sentido binario: los algoritmos refuerzan nuestras certezas y nos encierran en burbujas conceptuales casi sin puntos de contacto con la otredad.

Esa característica medular que domina la época determina el desarrollo de la cultura política dominante: colonizada por la filosofía antagonista, las elecciones se reducen a plebiscitos a favor o en contra de los oficialismos imperantes.


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El Brexit, la elección de Donald Trump en 2016, el ascenso de expresiones de ultraderecha en Alemania e Italia, la llegada al poder de Jair Bolsonaro son muestras globales y expresiones de un tiempo histórico determinado por la polarización algorítmica. En los casos citados, la constante fue la confrontación permanente propiciada y estimulada por la sistematización de las redes. Esa fragmentación social es inherente a los modos tribales en los que se desarrolla y se comunica la sociedad del siglo XXI.

SIN MARGEN DE ERROR

En ese marco, y con el antecedente de la fallida experiencia de la elección legislativa 2017, Weretilneck debe afrontar un proceso en el ya no tiene la opción de retirarse. No conseguir al menos una banca tampoco es admisible.

W pone en juego su, por ahora, incuestionable sabiduría electoral. Como quedó expuesto, las características político-sociales que empujaron a la deserción en 2017 luego de la paupérrima PASO se profundizaron. Como contrapartida, la reserva argumental de JSRN sigue siendo la misma que fracasó 4 años antes: el «provincialismo» fue deglutido por la polarización nacional.

En el marco de la indisimulable tensión con Carreras, el senador debe demostrar que aún tiene la capacidad de ofrecer soluciones y, básicamente, expectativa de poder. Repetir el affaire Gatti podría generar, por primera vez, fisuras en la figura como conductor infalible.

¿YO? PROVINCIALISTA

Para conducir a un pueblo los Gobiernos construyen un mito movilizador que articula aspiraciones racionales (un programa o acciones de Estado) y emocionales (aspiraciones y construcción de amigos, adversarios y enemigos).

En el caso de JSRN, ese mito se reduce a un ramplón «provincialismo«. ¿De qué se trata? «Nosotros no obedecemos órdenes que vienen desde Buenos Aires», suelen repetir convencidos los referentes verdes. «Defendemos los intereses de los rionegrinos» esgrimen maquinalmente sin importar lo minúsculo y redundante del «argumento».

Por supuesto, es imposible negar el éxito que tuvo ese discurso en las elecciones a Gobernador en 2015 y 2019. Pero tan cierto como eso, es que JSRN contó con la ayuda involuntaria de una oposición incapaz de deconstruir el mito verde y confrontarlo desde una perspectiva que exceda la mera reafirmación de pertenencia a un movimiento nacional. Y lo más importante: el opresivo peso de un sistema normativo que en Río Negro tiene continuidad conceptual desde el regreso de la democracia.

Pero en una elección legislativa de carácter nacional, la insustancialidad del «provincialismo» queda demasiado expuesta y pierde eficacia.

Sin argumentos nuevos (porque no hay hechos que los impulsen) y con el peso de la polarización, la estructura normativa que desde hace hace más de tres décadas impone su inercia en elecciones a Gobernador, y que JSRN ha sabido gerenciar con eficacia, pierde poder de fuego.

Weretilneck elecciones 2021
El dilema verde / Arte: Gonzalo Santos

Entonces W y su tropa quedan al desnudo.

Este dilema que enfrenta JSRN es producto de su propia forma de gestionar el sistema de representación. En una provincia en la que prácticamente el Ejecutivo expresa la suma del poder público y en la que la oposición no tiene herramientas institucionales ni políticas para mediar, la inercia y la chatura son los vectores a través de los que discurre la política.


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En esas coordenadas conceptuales, que delimitan la práctica política e institucional, Weretilneck es prácticamente el único dirigente que se ubica por encima de la mediocridad general. Todas las encuestas dan cuenta de la baja visibilidad y de la imagen negativa preponderante de los dirigentes que ocupan los lugares de mayor responsabilidad. Incluso la Gobernadora, jaqueada por la pandemia y la crisis financiera estructural de la provincia, presenta preocupantes números en relación a su imagen y valoración de gestión.

El esquema es funcional, entonces, a la primacía de W. ¿Pero que pasa cuando se necesitan figuras nuevas y argumentos menos insustanciales para abordar instancias nacionales? ¿Y que pasará cuando la ciudadanía comience a comparar la larga gestión de JSRN no ya con el desastre heredado de los gobiernos radicales, sino con los logros (o la ausencia de ellos) verdes?

CONFESIÓN A CIELO ABIERTO

No seguir avanzando en la confección de una bancada propia en Diputados es, para W y para JSRN, comenzar a retroceder.

Esa necesidad, cada vez más asfixiante, dejó expuesta cruelmente la insustancialidad del discurso rector de JSRN, el «provincialismo». Un párrafo de una nota del 16 de febrero en el diario Río Negro ilustra con precisión esta afirmación. «En el Senado, el ex gobernador ya avanzó con la previa notificación al oficialismo de la estrategia de apartamiento, compensada con el compromiso que JSRN será un partido provincial aliado en las votaciones complicadas».

Básicamente, el periodista refleja la confesión de Weretilneck: el provincialismo es un discurso sin esencia que sólo es funcional a la estrategia de conservar y ampliar el poder propio (¡Maquiavelo aplaude con las orejas!).

LAS MANOS EN EL AIRE

Por si no quedó claro: Weretilneck le avisó al Frente de Todos en el Senado de la Nación, que en la campaña va a fingir demencia; pero, al mismo tiempo, llevó tranquilidad: en cada votación que los necesiten (a él y a Luis Di Giácomo en Diputados), pueden contar con sus manos en el aire.

Está claro que la búsqueda de ganar elecciones es inmanente al ejercicio político, como así también es legítimo utilizar todas las herramientas para afianzar el poder propio. El problema, en este caso, es la instauración de la mentira como sistema: si el «provincialismo» que W y su tropa defienden a capa y espada es una mera argucia retórica, como quedó expuesto, ¿qué pasa con los miles de rionegrinos que confiaron en esa promesa de autonomía de Buenos Aires y en ese concepto que ubicaba primero los intereses de los ciudadanos de nuestra provincia?

Parece, en definitiva, que el «provincialismo» es la más servil de la propuestas: se pintó de amarillo, ahora de azul y, si hace falta, se pintará como un arco iris. ¿Los intereses rionegrinos primero? ¡Esa te la debo!

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